Muestra de lectura · Capítulo uno

CÓDICE DE LA ENTROPÍA

Una novela de Andrés Torres Candia.

VOL 01

El expediente

«La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera.»
— Blaise Pascal
[ ESCENA 1: Cuarenta y un segundos ]

Todos los relojes estaban coordinados, y llevaban doce años estándolo.

Américo Vela lo sabía porque él había firmado el modelo que mantenía esa coordinación. No la había inventado —la habían calculado ochenta y cuatro estudios de rendimiento cognitivo antes de que él naciera—. Era uno de esos trabajos que nadie nota cuando está bien hecho. A Américo le gustaba precisamente por eso. Había una elegancia en el trabajo invisible que los ingenieros de superficie, con sus torres y sus puentes, no llegaban a entender nunca.

Se sentó. La silla reconoció su masa y ajustó la inclinación lumbar cuatro grados.

—Buenos días —dijo al vacío, por costumbre.

La terminal no contestó. Nunca contestaba. En doce años de oficio, Américo no le había oído la voz al Continuum ni una sola vez; el sistema escribía, y escribir era suficiente. Había gente en los Anillos Altos que pagaba por interfaces con modulación afectiva, y a Américo le parecía una forma cara de hablar solo.

En la pantalla se cargó la cola del día.

AUDITORÍA — SECTOR RESIDENCIAL, ANILLOS 9 A 14.

Expedientes asignados: 214.

Tiempo medio de resolución objetivo: 71 segundos.

Doscientos catorce. Un martes tranquilo.

Empezó.

El trabajo tenía un ritmo, y el ritmo era la mitad del placer. Un expediente se abría, mostraba una vida en catorce campos, y los dedos de Américo decidían sobre el panel si esa vida seguía encajando en la curva. La mayoría encajaban. Un hombre con exceso de consumo calórico: reasignación de dieta, cierre. Una mujer que saltaba sus sesiones de regulación afectiva: ajuste de dosis sin aviso previo, siguiente.

Cincuenta y ocho segundos de media. Ni un solo músculo tenso en los hombros.

Una desviación no es nada. Cuatrocientas mil desviaciones son una ciudad que se calienta. Su trabajo consistía en atrapar cada una cuando todavía era nada, y había en eso una satisfacción limpia que Américo nunca había tenido que justificar ante nadie.

Él no borraba a nadie. Eso quería dejarlo claro incluso ante sí mismo, en las pocas ocasiones en que se lo preguntaba. Él marcaba, derivaba, ajustaba. Lo que pasaba después con lo que derivaba al archivo definitivo era competencia de otro departamento, con otros criterios y otra gente, y meterse en eso habría sido tan impertinente como que un fontanero opinara sobre el menú del restaurante.

El expediente ochenta y seis no era de una persona.

DISPENSARIO FARMACÉUTICO, SECTOR PERIFÉRICO (inventario).

Diferencial de existencias: -0,4 % mensual, 19 meses consecutivos.

Líneas afectadas: antibióticos, antipiréticos, anticonvulsivos pediátricos.

Américo se detuvo.

Cero coma cuatro.

Levantó los dedos del panel y miró la cifra un momento con algo que en otro hombre habría sido placer. Porque cero coma cuatro por ciento no era un robo. Un robo se ve: un pico, un hueco, una noche mala en el registro, un almacenero nervioso que se lleva demasiado la primera vez. Cero coma cuatro sostenido durante diecinueve meses era otra cosa. Era alguien que sabía exactamente cuál era el umbral de alarma del dispensario y llevaba año y medio caminando justo por debajo de él, mes tras mes, sin ceder ni una vez a la tentación de llevarse un poco más.

Aquello no era codicia. Era disciplina.

Américo no confiaba en el sistema porque fuera perfecto. Confiaba en él porque llevaba doce años aprendiendo a reconocer cuándo algo no encajaba, y aquello no encajaba de una manera que le resultó, durante unos segundos, francamente admirable.

Después hizo lo que siempre hacía: buscó la explicación barata, porque la explicación barata es la correcta el noventa y cuatro por ciento de las veces.

La encontró enseguida. Un empleado del dispensario con acceso al conteo manual. Diecinueve meses de constancia no requieren genio: requieren tener delante la cifra del umbral todos los días. Cualquiera que vea el número aprende a quedarse debajo. Y el destino de la mercancía era irrelevante —reventa en los Anillos Bajos, casi con certeza, donde una caja de antibióticos valía tres semanas de ración.

Había dos formas de cerrarlo. Una era derivarlo a Seguridad Interna, que abría una investigación, consumía cinco semanas de dos departamentos y terminaba en un almacenero esposado. La otra era tapar el agujero.

Américo eligió la segunda porque era la barata. Reasignó el dispensario al protocolo de inventario cerrado: conteo automatizado por unidad, sellado de la línea de reposición, autorización biométrica obligatoria para cada retirada. El diferencial iría a cero en quince días y nadie tendría que abrir nada.

Expediente cerrado. Tiempo de resolución: 41 segundos.

Cuarenta y uno. Le salió limpio.

Se echó atrás en la silla y estiró los dedos con esa pequeña satisfacción física, casi deportiva, de haber resuelto algo con la herramienta ligera en vez de la pesada. Era, objetivamente, un buen trabajo. Nadie iba a ir a un calabozo, el dispensario dejaría de sangrar y a la periferia le sobrarían, a partir del mes que viene, cuatro décimas de sus existencias.

Siguió, de buen humor.

A los ciento sesenta y un expedientes se encontró con Ruth Obando.

OBANDO, RUTH. mantenimiento de filtros, turno nocturno. solicitudes reiteradas de anulación manual de termostato — 11 en 24 meses.

Once.

Américo abrió el detalle. Las once solicitudes estaban ahí, en orden, con su fecha y su texto, y las once decían lo mismo con palabras distintas: *solicito autorización para bajar la unidad a diecinueve grados durante el periodo de sueño*. En la séptima, Ruth Obando había añadido una línea de justificación que el formulario no exigía.

El niño no se duerme a veintidós.

Se quedó un segundo con la vista en la pantalla y sintió una incomodidad debajo del cuello.

El biómetro subcutáneo de su muñeca izquierda emitió un pitido cortísimo.

Una aguja invisible liberó relajante muscular. El calor le subió por el antebrazo, le cruzó el pecho y disolvió la incomodidad.

Y ya no estaba.

Américo parpadeó, agradecido. Nadie le pediría a un hombre que trabajara ocho horas con una astilla en el dedo, y una astilla emocional cuesta el mismo rendimiento y se saca con menos ruido.

Volvió al expediente con la cabeza clara.

El análisis era trivial. Bajar una unidad del Doce a diecinueve grados durante seis horas nocturnas obligaba a compensar en la matriz del bloque entero; el bloque siete tenía doscientas cuarenta unidades; la compensación se pagaba con aire frío comprado a la periferia, y la periferia ya estaba en el límite. Once solicitudes en veinticuatro meses no eran once solicitudes: eran una persona que no había aceptado la respuesta ni una sola vez. Y una persona que no acepta la respuesta enseña a otras a no aceptarla.

Resolución: derivación a archivo definitivo. Reasignación del dependiente a tutela institucional (Anillo Doce, centro 4).

Américo pulsó.

Expediente cerrado. Tiempo de resolución: 96 segundos.

Y entonces, porque le quedaba algo raspando en alguna parte que la dosis no había alcanzado, hizo una cosa más.

Abrió el campo discrecional.

Todos los auditores de nivel cuatro lo tenían. Servía para adjuntar a un cierre una solicitud de revisión humana sobre un punto concreto, y se usaba poco porque casi nunca hacía falta. Américo lo había usado once veces en doce años y en las once le habían dado la razón.

Escribió: *Solicito revisión de la reasignación del dependiente. Valorar alternativa de tutela en el mismo bloque.*

No pedía que Ruth Obando volviera. No se le ocurrió pedir eso; el expediente estaba cerrado y estaba bien cerrado. Solo pedía que al niño no lo mandaran al centro cuatro, que estaba a nueve kilómetros, entre desconocidos, cuando en el bloque siete había doscientas treinta y nueve unidades más.

Le costó cuarenta segundos redactarlo.

La respuesta llegó antes de que levantara los dedos del panel.

No se requiere intervención.

Américo se quedó mirando la frase.

La conocía. Era la respuesta estándar cuando el sistema determina que un caso no presenta ambigüedad suficiente para justificar tiempo humano. La había leído cientos de veces sobre expedientes ajenos y le había parecido siempre lo que era: una forma eficiente de no gastar horas de analista en cosas resueltas.

Volvió a escribirlo, esta vez con la justificación técnica completa.

No se requiere intervención.

Entonces hizo lo que hacía siempre que algo se resistía: fue a buscar el error.

Cruzó el criterio de reasignación con la norma, y la norma estaba bien aplicada. Buscó la excepción. Buscó el precedente. Buscó, durante dieciocho minutos, la grieta por la que se cuela una corrección que dejara al chico con su madre.

No había ninguna.

Todo coincidía. Los datos coincidían con la norma, la norma coincidía con el criterio, el criterio coincidía con el coste, y el coste coincidía con el resultado. No había un solo campo mal rellenado en toda la cadena. Américo, que llevaba doce años ganándose la vida encontrando el punto donde algo no encaja, no encontró el punto porque no lo había.

El sistema no se había equivocado.

Se quedó sentado, con las dos manos apoyadas en el borde de la mesa, en una sala a veintidós grados exactos, delante de una pantalla que le acababa de decir tres veces lo mismo.

Américo cerró el expediente.

Siguió.

Terminó los doscientos catorce a las dos y diez de la tarde, con el tiempo medio en sesenta y tres segundos, que era el mejor registro del anillo ese trimestre.

Ni siquiera se acordó de mirarlo.

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CÓDICE DE LA ENTROPÍA // ANDRÉS TORRES CANDIA